Salinas de las Coloradas - Foto @lauyaniz

Los secretos de la Península de Yucatán

Mar color turquesa, ruinas recién descubiertas, cenotes vacíos, paisajes impredecibles, comida deliciosa: éste es uno de esos viajes que moría por hacer. Y, ahora, estoy segura de que en roadtrip fue la mejor forma.

La Península de Yucatán es esa zona de México que alberga el equilibrio perfecto de, ¿cómo decirlo?… todo. Aquí hay un tanto de historia natural con otro tanto de historia prehispánica y colonial. En cualquier rincón, la naturaleza se hace presente. La comida es única e incomparable con otra zona del país.

Para empezar, un poco de historia natural: en esta región, en el litoral, se encuentra el cráter de Chicxulub, donde cayó el meteorito al que le adjudican la extinción de los dinosaurios. Los científicos apenas comenzarán una expedición a la zona, así que no, no puedes ir a bucear ahí, pero eso da una idea de lo importante que es la península para entender la historia de nuestro planeta. (Nosotros coincidimos con una exposición temporal en el Gran Museo Maya).

Amigas en Uxmal - Foto @lauyaniz

Amigas en Uxmal – Foto @lauyaniz

Roadtrip en Uxmal - Foto @lauyaniz

Roadtrip en Uxmal – Foto @lauyaniz

Roadtrip en Tulum - Foto @lauyaniz

Roadtrip en Tulum – Foto @lauyaniz

Mientras en el resto del país hay acantilados, grandes montañas y volcanes, aquí hay cenotes. Los cenotes son hoyos en la tierra rellenos de agua y que están interconectados por ríos subterráneos. Algunos conservan sus domos y están completamente bajo la tierra, varios de ellos están abiertos al público. Los cenotes son fascinación de varios tipos de científicos, desde geólogos y paleontólogos (hay quienes encuentran fósiles) hasta historiadores en busca de vestigios, lo que nos lleva a la cultura maya que consideraba a los cenotes como la entrada al inframundo.

La Península está repleta de ruinas, tan famosas como Chichen Itzá y Uxmal, y otras menos conocidas como Cobá, Kabah o Muyil. Durante el camino encontramos desviaciones a sitios arqueológicos de los que nunca habíamos escuchado hablar. Lamentablemente, para entender lo que estás viendo debes contratar guías (si llevas presupuesto limitado, no son opción) pues las placas informativas en realidad no informan más allá de una descripción general de las cosas. Muchas dudas tuvimos que solucionarlas con una googleada y Wikipedia.

Teníamos ochos días y ganas de visitarlo to-do. Intentamos hacer un itinerario que cubriera ese equilibrio de historia y paisajes, evitando a propósito ciudades y zonas de alta demanda turística (aka Cancún y sus amigos). La ruta, después de las modificaciones sufridas en el camino, quedó algo así:

Esos secretos que descubrimos

Puerto Progreso. No me esperaba mucho de esta pequeña ciudad, pero resultó ser un acogedor lugar para ir a comer (baratísimo pues encontramos que por pedir alguna bebida llegaba comida) y para disfrutar la playa. Es una ciudad acostumbrada a recibir cruceros y la dinámica cambiar siempre que hay uno, pero el ambiente es algo muy agradable. Su playa es turística así que tiene las comodidades de baños, regaderas y renta de sombrillas (después descubres que es algo que realmente deseas).

La laguna rosada. No es que haya un paradero o una entrada. La Laguna Rosada está justo a un costado de la carretera de Puerto Progreso a Telchac Puerto. En la desviación a Dzemul hay unas salinas de agua rosada. En ese camino, vimos flamencos y cuando paramos en las salinas, coincidimos con el atardecer, la lluvia y un arcoíris majestuoso. No nos quedó de otra, más que bailar bajo la lluvia hasta que las gotas dolieron.

 

Laguna rosada en Yucatán - Foto @lauyaniz

Laguna rosada en Yucatán – Foto @lauyaniz

Delia y la laguna rosada en Yucatán - Foto @lauyaniz

Delia y la laguna rosada en Yucatán – Foto @lauyaniz

Manglares en la laguna rosada en Yucatán - Foto @lauyaniz

Manglares en la laguna rosada en Yucatán – Foto @lauyaniz

Cenote Kikil. En el mercado de Tizimín (donde probé la mejor cochinita pibil –y donde cuatro personas desayunamos por unos 150 pesos) conocimos a un par de señoras que nos recomendaron visitar el cenote. Resultó ser un lugar bastante cuidado y también bastante solo. La cuota es de 20 pesos, está rodeado de vegetación, hay nidos de aves azules en las paredes y muchos, muchos, insectos. Como es un cenote abierto –y si tienes el valor- puedes atravesar la vegetación y echarte un clavado de 15 metros de altura (una amiga lo hizo y el moretón en su pierna nos acompañó durante todo el viaje).

Ría Lagartos y Las Coloradas. Caminos solitarios nos llevaron hasta una montaña gigante de sal. Las Coloradas también es una zona de salinas y flamencos. Cero turístico. Sólo llegas hasta donde termina el camino y observas. Fuimos en una temporada donde el agua tiene más un tono ocre, pero seguía siendo espectacular. En el pueblo de a lado, hay playas más o menos solitarias y poco antes una desviación que, según las señoras de Tizimín, lleva a una zona de pequeños restaurantes, comida deliciosa y playa.

 

Salinas de las Coloradas - Foto @lauyaniz

Salinas de las Coloradas – Foto @lauyaniz

Playa de Río Lagartos - Foto @lauyaniz

Playa de Río Lagartos – Foto @lauyaniz

Cobá. No me esperaba mucho de Cobá y resultaron ser las ruinas que más disfruté. El sitio alberga a la pirámide más alta de la Península. Está muy arbolado, lo que es un alivio ante el sol y se puede subir y pasear entre las ruinas (algo que, por ejemplo, no se puede en Chichén Itzá). Y lo que más amé, fue que tiene una ruta para bicicletas (nada complicado, ideal para quienes sólo sabemos mantener el equilibrio).

Ruinas de Coba - Foto @lauyaniz

Ruinas de Coba – Foto @lauyaniz

Cenote Multum Ha. Cuando llegamos a este cenote ya sabíamos que hay cenotes en cada esquina de la península, pero éste se convirtió en el favorito. Recién abierto al público, está en el pequeño (y casi olvidado) pueblo de Cobá (al que llegamos a dormir, casi por accidente). Lo que más disfruté fue que los pobladores cuidan mucho el espacio: te obligan a ducharte antes para proteger el lugar.  Al bajar, lo que se posa ante tus ojos es un hermoso hueco relleno de agua tan clara que puedes ver el fondo. Por bastante tiempo, el cenote fue sólo para nosotros.

Izamal. Terminamos aquí porque alguien nos dijo que era un lugar donde se conseguía buenas artesanías. Más allá de una que otra cosa, es mentira. Sin embargo, la ciudad se llama así misma “la ciudad amarilla”. Sus calles son tranquilas, en las que domina el estilo colonial. Un lugar para caminar o pasear en bicicleta una tarde.

Izamal, ciudad amarilla - Foto lauyaniz

Izamal, ciudad amarilla – Foto lauyaniz

Pitahaya - Foto lauyaniz

Pitahaya – Foto lauyaniz

(Recuerda: siempre llevar  medicamentos para las alergias)

No tan secreto, pero imperdible

Holbox y Bacalar ya no son secreto, pero son espectaculares. Lamentablemente, mientras son cada vez más conocidos, la demanda aumenta y eso está afectando los paisajes (deforestación) y, obviamente, los precios. Resultaron ser los lugares donde fue más difícil conseguir hospedaje, casi todo estaba lleno. De hecho, en ambos lugares acampamos (en Ida y Vuelta y en Ecocamping Yaxché). Aunque acampar era una opción, terminó siendo la única opción.

Apodamos a Holbox “el Cancún hípster”. Proliferan los hoteles de concepto eco-boutique que, claramente, son los que tienen el mejor acceso a la playa (y en los que definitivamente pasaría un par de noches de puro amor) y restaurantes con decoración minimalista-rústica. Si eres de los que disfruta la naturaleza, pero no le gusta sufrirla, Holbox es tu lugar. Un tip: verano es la temporada del tiburón ballena (hay que hacer reservación, al menos, con un día de anticipación porque el tour para visitar la reserva dura más de seis horas).

Tormenta al acecho - Foto lauyaniz

Tormenta al acecho – Foto lauyaniz

Bacalar pasa por un fenómeno semejante a Holbox, pero más lento y con alto riesgo de que se siga deforestando. Hay más opciones de hospedaje a la orilla de la laguna en toda la variedad de precios. Claramente, los hoteles más caros son los dueños de esos columpios y puentes emblemáticos de las fotos de los folletos de turismo. Lo bueno es que Bacalar es el mejor lugar para no hacer nada, así que no gastas mucho más que el hospedaje. El color del agua varía y por eso la apodan “la laguna de los siete colores” (yo sólo conté cuatro). Lo único desagradable fue encontrarnos con un grupo de chicos que no sólo tiraban su cerveza a la laguna, también su basura. Supongo que no está de más recordar que estos lugares necesitan que los cuidemos para continuar siendo hermosos y espectaculares.

Por último: Celestún. Por mi trabajo, le tengo un especial cariño a los manglares. Los manglares son árboles de agua salada y dulce, absorben más dióxido de carbono que otro tipo de árboles y son barreras naturales contra los huracanes. Celestún es una enorme reserva natural que protege hectáreas de manglares y, por lo tanto, a especies únicas. Hay sólo un recorrido autorizado por las instituciones ambientales que, además, tienen muy bien capacitados a sus guías. La promesa es ver flamencos (vi más en la Laguna Rosada), cocodrilos, más aves y túneles de mangle. Imperdible.

Tip: Si quieres ver la laguna tapizada de flamencos, lo mejor es visitarla en invierno.

 Celestún es una enorme reserva natural que protege hectáreas de manglares - Foto @lauyaniz

Celestún es una enorme reserva natural que protege hectáreas de manglares – Foto @lauyaniz

En el pueblo de Celestún hay restaurantes con acceso a la playa, buena sombra y excelentes mariscos para continuar en el plan de no hacer nada, porque, para ser sinceros, no se puede hacer mucho a 40°C.

Los grandes pendientes

Si nos hubiéramos podido quedar más tiempo, habríamos agregado la playa de Mahahual, una acampada en la Biósfera de Sian Ka’an con visitas a Muyil y la laguna de Chunyaxché, mucha más playa, más días en Holbox y quizás habríamos bajado hacia Calakmul.

PD: No importa la manera en que viajes, tus mejores amigos para esta región son el repelente, bloqueador solar y un buen sombrero. Todo al mismo tiempo.

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